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MariaReina de la Paz

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Una pedagogía del tiempo

28 de marzo de 2017
De la mano de Carta a los Romanos se busca responder a la pregunta ¿cómo es que creemos que Cristo venció al pecado, el demonio y la muerte, y sin embargo el mal sigue campando a sus anchas en el mundo?

Un lector de mis artículos sobre la cruz me plantea una dificultad en estos términos: «No entiendo, lo que significa que Jesucristo venció a Satanás en la cruz cuando murió en ella por todos nosotros para salvarnos. si el maligno ha sido vencido en la cruz y todos hemos sido redimidos por la sangre del Cordero, ¿por qué siguen existiendo el mal y el pecado?» 

La pregunta no es algo menor, sino que toca a la base misma de la fe, al realismo de la fe. Por supuesto que podría argumentarse que formular que Cristo venció al Demonio, al Pecado y a la Muerte en la cruz es «una manera de decir», algo así como una metáfora, quizás un símbolo. Las palabras «metáfora» y «símbolo» son tremendamente problemáticas en un mundo hecho fundamentalmente de prosa y de observaciones concretas; la metáfora y el símbolo pertenecen a modos de mirar el mundo que no son los cotidianos nuestros. En todo caso, leyendo el Nuevo Testamento, no parece que se tomen estas expresiones a la ligera, más bien para los primeros cristianos, la noción de que Cristo había ya vencido al Demonio, vencido al Mundo, vencido a la Muerte, era toda una experiencia concreta, personal, vivida en la persona de cada creyente. la expresión, aunque siempre dicha en la forma simbólico-poética con la que habla el espíritu de las cosas espirituales, está sin embargo cargada de realismo. Que Cristo venció en la cruz al Demonio no es para el Nuevo Testamento una afirmación que deba entenderse «poco más o menos así», sino algo que hay que recibir y aceptar de manera completamente real.

Si no sintiéramos en nosotros la experiencia de la liberación del Demonio, del Pecado, del Mundo, difícilmente podríamos sostener una vida verdaderamente cristiana, con lo que tiene de exigencia. El yugo de Jesús sólo es suave sobre la experiencia personalísima y no automática de la redención realizada en nosotros; si no, no es un yugo suave y una carga ligera, sino un conjunto de pesados mandamientos, más sofocantes aun que la ley antigua, puesto que no son rituales ni morales, sino más profundos todavía: hablan a nuestro núcleo completamente personal. "Si no os hacéis como niños", "da de vestir al desnudo", "siempre que hagáis esto con uno de estos pequeños", "tú, cuando ores", "ve, vende todo lo que tienes", "hay eunucos que se hacen tales por el Reino de los Cielos", y muchísimas más.

¿Pero en qué consiste esa experiencia?

San Pablo es, en el Nuevo Testamento, posiblemente quien más penetró en el interior del alma del cristiano; pasó en sí mismo la experiencia de rechazar la cruz, y la de ser rechazado a causa de la cruz. De sus tal vez 55 o 60 años de vida, la mitad ocurrieron siendo cristiano, en distintas etapas, desde el entusiasmo parusíaco de los primeros años, en los que esperaba encontrarse con el Señor en los aires (1Tes 4,17), a la serena comprensión de la presencia de Cristo Resucitado en nosotros: "el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, y paz, y gozo en el Espíritu Santo" (Rom 14,17).

Por ello nadie mejor que él para conducirnos a comprender la experiencia de la redención en nosotros.

San Pablo habla a menudo del "ahora" (en griego: nyn) de la fe, que ocurre en el "tiempo propicio" (en gr.: kairós), incluso algunas veces junta las dos expresiones: el "nyn kayrós", "el momento presente".

El "nyn" no es el punto actual dentro de nuestra temporalidad lineal, no es el mero presente, que será pasado dentro de un instante, y quedará reemplazado por otro "ahora" igual de fugaz. No es el mundano "vive el hoy, porque del mañana nadie sabe". Es el instante en que soy convocado por el Mesías, Cristo, a reconocer su mesianidad, a reconocer en Él a Dios-con-nosotros.

Ese instante se introduce perpendicularmente en nuestro tiempo: pertenece a un momento de nuestra historia, pero está presente en todo momento de nuestra historia.

El reconocimiento "ahora" de Dios-con-nosotros, nos pone en situaciónd e decidir: por él -y entonces caemos a sus pies como el ciego de nacimiento, "creo, Señor-, o contra él, y entonces nos alejamos y volvemos a nuestro tiempo lineal, hecho de nebulosos "ahora" mundanos que se suceden en el vértigo.

Para quien vive de cara a ese tiempo mesiánico, no hay nada, "ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro...." que pueda separarlo del amor de Dios. No se trata de que en la cruz Cristo garantizó un mundo sin el dominio del mal y del demonio, sino que hizo de la cruz el sitio en el que podemos ponernos al amparo del mal y del demonio, de la muerte y del mundo.

Y esto es algo que se siente, se siente en profundidad, aunque no de manera uniforme.

Se siente en el instante del "ahora de la fe", como un gozo profundo y no motivado por ninguna razón "objetiva" (mundana), sino solo en la percepción, personal y profundamente real, de estar en la redención: es el Dios-con-nosotros que nos entregan los sacramentos, por ejemplo.

Se siente también en instantes de profunda expectativa religiosa: no está aquí/ahora Dios, pero estará allí, en la celebración, en la oración, en el diálogo de la fe a punto de comenzar, etc.

Se siente finalmente como recuerdo a la vez apensadumbrado, pero tan certero que resulta firme y gozoso, del Dios que está habiendo-estado, como tan claramente lo expresa el salmo 42:

«Mi alma se derrumba, por eso

te recuerdo desde el Jordán y el Hermón

desde la humilde montaña:

Mientras un abismo grita a otro abismo con la voz de tus torrentes

todas tus fuentes y olas

pasaron sobre mí....»

La presencia de Dios en el alma en los instantes del tiempo mesiánico deja siempre huella en el tiempo cronológico, aunque esas huellas, naturalmente, son una ambigua mezcla (como todo lo que ocurre en el tiempo cronológico) de dolor y gozo; como dice el salmo, «al atardecer nos visita el llando, por la mañana el júbilo».

Una pedagogía del tiempo

La redención ya realizada, el demonio ya vencido, la muerte ya superada, requiere sin embargo aprender a vivir en este tiempo mesiánico como en un tiempo de distinto valor, no en el futuro ("si obras bien te irás al cielo"), ni en el pasado ("Jesús nació hace 2000 años"), tampoco en el presente mundano de la evasión, sino en la repetición una y otra vez del encuentro con el Dios-con-nosotros.

Ese aprendizaje está conducido por el Espíritu, no por nosotros, y por tanto no "fuerza" los sentimientos, no imposta lo que sentimos en lo que debemos sentir; grave defecto en el que muchas veces caemos los cristianos, creyendo que si no se nos "nota la alegría" todo el tiempo, no somos "buenos cristianos". Ciertamente que la alegría es el signo de la redención, pero la alegría profunda, la del Espíritu, convive con las más variadas disposiciones del alma, y en especial con los gemidos del mismo Espíritu, suplicante por el rescate de nuestros cuerpos.

En ese aprendizaje son esenciales los movimientos de Dios, más que los nuestros: como en un baile, se acreca y se aleja entretejiendo con el alma la tela firme que nos une a él, aun cuando el anhelo más profundo y casi gritado de nuestra vida sea el del poeta: "rompe la tela de este dulce encuentro" (S. Juan de la Cruz, Llama de amor viva).

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